sábado, 13 de abril de 2013

Cuaderno 0: El deseo y la nada


       A veces echamos de menos lo que nunca nadie echaría de menos. Echamos de menos lo que la gente normal rechaza, lo que los otros desechan –y nosotros elegimos. Elegimos mal a conciencia. Elegimos el dolor de una mala elección, elegimos lo que ha sido desechado –y lo echamos de menos cuando no lo tenemos, cuando lo hemos perdido. A veces nos equivocamos queriendo -¿sigue siendo eso una equivocación?
        Nos miramos por última vez esa tarde cruenta, cuando el cielo nublado parecía sangrar durante el crepúsculo y se colaban retazos de luz anaranjada entre las hendeduras de las nubes, tiñéndolas, vistiéndolas de un color sacrificial.
                ¿Cómo pueden dos ojos que se han escrutado tantas veces con tanto afecto, con multiplicidad de sentimientos entrechocando en una especie de sinapsis eléctrica que resultaba casi visible entre ellos dos, en una comunicación más clara a veces, más explícita, más locuaz que las palabras, contemplarse ahora con tal impavidez? El odio alimentando las pupilas del primero, el rencor entelando la mirada del otro. No los unía ya sino la simple trabazón, el túnel entre pupila y pupila, y el vacío propio de la indiferencia rellenándolo… ¿acaso no era aún más comunicativo ese vacío que el sentimiento ausente?
                Eran dos amigos, y ahora la nada los rodeaba, separándolos para siempre, como si nunca hubieran compartido nada, como si nada los hubiera unido, como si nada hubiera existido –ningún abrazo pedido, ninguna caricia casual, ningún te quiero susurrado, ninguna vida compartida.
                Y pasó el tiempo, y el odio y el rencor huyeron. Y sólo quedó el poso –el poso del deseo. Y es que se echaban de menos. Pero habían llorado demasiado para pedirse perdón, no quedaba suficiente deseo para pedirlo. No era orgullo lo que los movía ahora; simplemente, habían aprendido a olvidar; a desear, por encima de todo, el olvido. Desear la nada.

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